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Opinion | Art Without Borders

Arte sin fronteras

El movimiento de muralismo mexicano resultante nos dio algunas de las obras de arte más importantes del siglo XX, de forma más destacada de los tres grandes: Diego Rivera (también conocido como el esposo de Frida Kahlo), José Clemente Orozco (un maestro de la pintura a pesar de haber perdido una mano por la gangrena) y David Alfaro Siqueiros (quien una vez desdeñó la pintura en caballete por considerarla “aristocrática”, fue mentor de Jackson Pollock en Nueva York y de quien se dice que asesinó a Trotsky, pero esa es otra historia).

Las cosas no salieron exactamente como estaba planeado: Obregón se acercó a Estados Unidos y fue reemplazado, reelegido y asesinado antes de que pudiera volver a ocupar el cargo. Los artistas se volvieron rebeldes, rompieron los lazos con el gobierno y usaron sus murales para representar tanto la historia como los eventos actuales tal como los veían. Siqueiros y Rivera se radicalizaron, Siqueiros como estalinista, Rivera como trotskista.

Los tres grandes también fueron responsables de haber llevado el muralismo a la frontera, aunque ese proceso de acercamiento de las culturas no estuvo libre de conflictos: en 1932, a Siqueiros se le comisionó pintar un mural público a larga escala, “América Tropical”, en una pared de una calle turística en el centro de Los Ángeles. Trabajó al abrigo de la noche para terminarlo y el vecindario despertó en la mañana ante un mural de 24 por 5 metros protagonizado por un hombre indígena crucificado bajo un águila americana, una obra lejos del folclore “mexicano” que el ayuntamiento tenía en mente. Fue parcialmente encalado en un año y en diez años estaba completamente cubierto. La comisión que recibió Rivera en 1932 de Nelson Rockefeller sufrió un destino similar. Rockefeller, furioso de que Rivera había incorporado a la escena una imagen de Lenin, hizo que destruyeran el mural.

La audacia de estos muralistas mexicanos y la grandeza de su trabajo, fueron las bases del movimiento muralista chicano que empezó en los años sesenta en el suroeste de Estados Unidos cuando los artistas mexicoestadounidenses tomaron las calles de sus ciudades para retratar sus propias luchas contra el racismo y la opresión. La tradición centenaria mexicana de contar historias en muros públicos, que puede decirse que es más antigua aún y se remonta al arte azteca, sigue viva en El Paso.

Aunque la ciudad es bastante segura (o está sobrevigilada, según a quien le preguntes) y es innegablemente hermosa, con palmas y montañas y una rica historia bicultural, El Paso vive con un corazón doliente: atada inextricablemente a sus vecinos en Juárez, los paceños sienten la violencia de las instalaciones de detención fronterizas, las redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por su sigla en inglés), los feminicidios, las guerras del narco, la mala reputación. En 2019, 23 personas murieron, la mayoría mexicanas o mexicoamericanas, luego de un tiroteo masivo en un Walmart local. Las autoridades dijeron que fue perpetrado por un hombre de 21 años que había publicado en línea un manifiesto antiinmigrante afirmando que el ataque era una respuesta a “la invasión hispana de Texas”. El otoño pasado, los habitantes de El Paso se vieron afectados por un terrible aumento de casos de COVID-19, cierres de empresas y hospitales y morgues desbordados. Y los muralistas son los documentalistas de la ciudad. “Un mural tiene que ser didáctico”, dice Francisco Delgado, un artista de El Paso. “Tiene que dialogar con la comunidad. Un mural sin antecedentes sociales es solo una pintura”.

Caminar por la ciudad viendo los muros es una clase maestra de la vida en la frontera.

Christin Apodaca, otra muralista local, lleva su melena gruesa y oscura en un peinado alto, va con lentes Ray-Ban y un paliacate de flores blanco y negro como cubrebocas. “No escucho lo que está pasando en el mundo”, dice. El suyo no es el desdén alegre y privilegiado, sino una toma de posición de una artista seria en la frontera de Texas con México que se rehúsa a permitir que el ciclo noticioso distraiga su creación. “Me gusta separar el arte y la política”, dice.


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